Pino es de esas personas a las que escucharías una y otra vez: inspira en cada frase, invita a vivir con calma y anima a romper los estereotipos que a menudo frenan el crecimiento personal. Si hubiera que definirla en una palabra, sería revolucionaria. En la conversación, se descubre un corazón valiente, dispuesto a evolucionar sin atender al qué dirán, y a consolidarse como actriz y modelo española (a partir de sus 53 años), hoy aplaudida en distintas fashion weeks. Te invito a descubrirla en este artículo íntimo y auténtico, donde hablamos de belleza, identidad y vida personal.
Fotos: Vogue España.
La belleza como algo profundamente personal
Lejos de los discursos prefabricados, su mirada sobre la belleza se construye desde la experiencia y la libertad de no encajar en un único molde. Para ella, no existe una única definición posible: todo depende del ojo que mira y de la sensibilidad de quien observa.
“Pues que la belleza es algo muy personal, no sé si esto me lo ha enseñado la vida pero para mí es una verdad como un templo. Lo que a mí me parece Bello, posiblemente a ti no. Sabemos que hay normas de belleza que las dicta, pues yo que sé, el arte o la ciencia, no lo sé, esto de la simetría, pero evidentemente que la belleza puede estar en muchas cosas y lo que es bello para mí pues a lo mejor no lo es para otra persona. Osea que eso de la belleza es personal”.
El paso del tiempo como conciencia, no como miedo
Su mirada no idealiza el paso de los años; Pino lo observa con una honestidad poco habitual. No hay negación ni romanticismo, sino una aceptación serena de lo que implica vivir.
“El paso del tiempo… No te creas que es una cosa que yo estoy súper feliz y contenta por el paso de los años, ¿no? El paso de los años significa que me queda menos, ¿verdad? Pero por otro lado, siempre tengo en mi cabeza que gracias a que he vivido tanto, de que han pasado los años y siguen pasando los años, más oportunidades tengo de vivir cosas maravillosas”.
Una revolución sin nombre propio
Sin buscarlo ni nombrarlo como tal, Pino reconoce que su vida está atravesada por un cambio profundo. No desde la etiqueta, sino desde la experiencia personal de transformación.
“No es que me considere revolucionaria pero sí que estoy viviendo una revolución, eso sí”.
Soy valiente, pero también soy insufrible y curiosa.
Mis dos hijas hacen que yo vuelva en mí».
La voz que siempre estuvo ahí
En su recorrido como actriz y modelo, la idea de “encontrar su voz” no encaja del todo. Para ella, esa voz nunca estuvo perdida, simplemente necesitaba espacio para ser escuchada.
“Hombre, verdadera voz y que la encontré, no, porque siempre ha estado ahí. Pero cuando se empezó a escuchar esta voz pues ha sido gracias a lo que estoy haciendo ahora ¿no?, a la moda, porque me da la oportunidad de estar ahí afuera, pero vamos, esto de encontrar mi voz, no sé, ya estaba ahí. Solo que estar ahí afuera, pues me ayuda a que todo el mundo lo vea”.
Interpretar desde lo propio
La interpretación, para ella, no es distancia, sino una forma de implicación personal. Cada personaje contiene algo suyo, aunque no siempre sea evidente.
“Yo no es que tenga una trayectoria de unos personajes, importantísimos, etc. En el cine yo estoy ahí aprendiendo con gente que si sabe actuar, que si han estado en esto mucho tiempo, que han trabajado y han tenido trayectorias largas, por lo tanto, mis papeles son, pues yo digo que humildes aunque sean bonitos, ¿no? Pero cuanto de mí y en ellos hay mucho de mí siempre, en los papeles si pongo mucho de mí. No sé qué parte de mí, depende del personaje pues si es una ermita pues esa parte de mí de persona privada no que lo soy, todos tenemos algo ahí escondidito o no tan escondidito que sacamos cuando hace falta y en la actuación encuentro ese espacio para hacerlo”.
La fortaleza de sostenerse a una misma
En los momentos de mayor vulnerabilidad, Pino se refugia en su mundo interior, en un espacio propio donde la calma y la fortaleza conviven.
“Wow, mira voy a ser muy sincera porque cuando soy muy vulnerable yo tengo, como buena cáncer, un mundo interior que me protege siempre o sea que me meto para dentro y busco en mí todo lo que yo sé que soy una tía valiente, pero que nadie tiene porque disfrutar de esa valentía, yo soy valiente para mí y ahí dentro me meto. Pero luego, tengo dos hijas que, sabiendo que están ahí, y que están cerca siempre, pues hacen que yo vuelva en mí, que yo vuelva a entender que no estoy sola, ¿no? Pero creo que quien sostiene a alguien soy yo, siempre me sostengo a mí misma”.
La dignidad como forma de belleza
En la pasarela, la emoción no se mide en glamour, sino en significado. Para Pino, desfilar tiene sentido cuando hay un propósito detrás de lo que hace.
“La gran emoción que siento aparte de la felicidad de que me sigan pidiéndome para desfilar, es esa emoción de saber que estoy haciendo algo que significa algo. Yo no soy una modelo ortodoxa, que mide lo que tiene que medir, o sea, como todas estas compañeras mías que de verdad deben estar ahí porque son modelos. Yo no, yo soy otra cosa. Entonces, me impulsa sobre todo mi dignidad, la dignidad de saber qué significa algo lo que estoy haciendo, esa es la gran emoción que siento, no está ilusión de ‘ay maravilloso, estoy en una pasarela’, ¡no! Eso no existe, es parte de lo que yo quiero demostrar: que yo puedo, que se puede envejecer, que la dignidad es bella”.
Lo sencillo como refugio
En su vida cotidiana, la felicidad se encuentra en lo más simple, en aquello que no necesita explicación ni escenario.
“Pues justo lo sencillo es lo que me hace feliz, pues tirarme con mis perros, leer un poco, escuchar música, lo que le hace feliz a todo el mundo cuando está en casa, pequeñas cosas me hacen feliz, yo soy una tía normal y corriente”.
Hablar con Pino Montesdeoca es quedarse con la sensación de haber atravesado una conversación sin artificios, donde la belleza, el tiempo y la identidad no se explican desde la teoría, sino desde la vida vivida. En sus palabras conviven la honestidad y la calma de quien no busca definirse, sino simplemente ser. Quizás ahí resida su forma más genuina de impacto: en recordar que la belleza no es un molde, sino una mirada, y que la dignidad —en lo público y en lo íntimo— también puede ser una forma de luz.
¡Gracias, Pino!

